Y una vez más, mis ganas de verlo eran increibles. Y una vez más, él no apareció. Y una vez más quedo yo sola, triste y decepcionada. Decepcionada no sólo de él, sino también de mí. Ya no debería esperar tanto de los demás, y así no sufriría tanto. Siempre espere que los demás me sorprendieran o hagan algo para demostrar que si les importo. Creo que esa fue mi confusión. Tener tantas esperanzas. Porque al fin y al cabo de las esperanzas todos vivimos. Y es un gran error. Porque son pocas las veces en las que no te llevas decepciones. Deberíamos dejar de esperar cosas de la gente, y así no nos llevaríamos tantas desilusiones. Podríamos ser más felices. No esperamos nada de nadie, nadie nos puede frustrar, al no tener frustraciones todo parece que va bien y si todo va bien, somos felices. Nos haría mejor, pero es difícil pensar en una vida sin angustias. Todos nos van a fallar en algún momento, lamentablemente. Todos nos van a lastimar, nos van a hacer mal. Y no por elección, sino porque el ser humano está hecho para eso: para lastimar y errar. Consciente o inconscientemente. Pero era así, todos íbamos a terminar confundiéndonos. Y al mismo tiempo hiriendo al que tenemos al lado. Era inevitable. Todos nacimos así, nadie es perfecto y nunca nadie lo va a ser. Y después de recapacitar, las cosas seguían igual. Acá sigo yo: esperando algo que no va a ocurrir. Con ganas de volverlo a ver.